No era depresión. Era mi cuerpo cansado.
Hay cosas que la terapia no puede resolver sola.
Y decir eso siendo psicóloga me costó muchísimo.
Porque durante años intenté entender desde lo emocional algo que también estaba pasando en mi cuerpo. Intenté meditar más, descansar mejor, hacer ejercicio, escribir, organizarme, gestionar el estrés, ser más compasiva conmigo. Y aunque muchas de esas cosas ayudaban, había algo que seguía ahí: el cansancio.
No hablo de “estar cansada” después de una semana pesada. Hablo de despertarte agotada. De sentir que dormir no cambia nada. De acostarte rogando que tu cuerpo entienda que está descansando.
El cansancio que no se ve
El dolor ha sido difícil, sí. Pero honestamente, el cansancio fue peor.
Porque el dolor, al menos en mi caso, tenía momentos donde bajaba. Los medicamentos hacían efecto y eventualmente podía volver a moverme, trabajar o continuar con mi vida. Pero el agotamiento era distinto. Nunca sabía cuándo se iba a ir. Nunca sabía si al día siguiente despertaría con energía o con la sensación de que ya había vivido un día completo antes siquiera de levantarme de la cama.
Pero honestamente, el cansancio fue peor.
Y lo más complejo es que desde afuera nadie lo nota.
Porque una sigue funcionando. Trabaja. Responde mensajes. Cumple. Sonríe. Y mientras tanto el cuerpo se siente como si estuviera sobreviviendo todo el tiempo.
Lo que cambió
Hace unos años inicié un tratamiento nuevo. Y al principio fue casi absurdo darme cuenta del cambio. Volví a despertar queriendo despertar. No estaba agotada antes de comenzar el día. A las cinco de la tarde todavía me quedaba energía. Energía real. No ese último 2% de batería con el que una aprende a vivir.
Y algo que me impactó muchísimo fue darme cuenta de cómo cambió mi percepción del mundo.
Los problemas dejaron de sentirse gigantes. El futuro dejó de verse tan oscuro. La vida dejó de sentirse tan pesada.
Y ahí entendí algo que jamás había visto con claridad:
Yo llevaba años intentando resolver existencialmente algo que también era físico.
Cuando el cuerpo también habla
La artritis apareció al mismo tiempo que mi primer trabajo formal. Entonces asumí que eso era la adultez. Que trabajar era sentirse así. Que probablemente todos estaban cansados y simplemente lo manejaban mejor que yo.
Pero algo no cuadraba.
Yo había pasado años haciendo mil cosas al mismo tiempo: estudiar una carrera, música, cantar en un coro, hacer voluntariado, estudiar diplomados, entrenar… y de pronto trabajar ya consumía toda mi energía.
Luego emigré. Y en Chile veía personas salir de oficinas después de jornadas larguísimas para irse a hacer crossfit, trekking o reuniones sociales. Y yo pensaba: ¿cómo hacen?
Porque honestamente, muchas veces apenas podía caminar del metro a mi casa.
Y los fines de semana desaparecían durmiendo.
No todo nace solo en la mente
Pasé mucho tiempo creyendo que quizás el problema era emocional. Y sí, claramente había un impacto emocional. Vivir agotada te cambia. El cansancio constante afecta el estado de ánimo, la paciencia, la esperanza, la capacidad de disfrutar.
Pero creo que hay algo importante en entender que no todo sufrimiento emocional nace solamente de un conflicto psicológico.
A veces el sistema nervioso está agotado. A veces el cuerpo está inflamado. A veces hay neurotransmisores desregulados. A veces el cuerpo necesita medicación. A veces necesita pausa. A veces necesita sostén.
Y entender eso me ayudó muchísimo a dejar de pelear conmigo.
Porque cuando una vive cansada tanto tiempo, termina construyendo una narrativa muy cruel sobre sí misma: que eres floja, débil, dramática, poco disciplinada, menos capaz que los demás.
Cuando quizás estabas sosteniendo muchísimo más de lo que creías.
Integrar lo emocional y lo físico
La terapia me ayudó a acompañarme distinto, a entender el impacto emocional de vivir así y a dejar de exigirme tanto. Pero también tuve que aprender a darle espacio a algo que durante mucho tiempo minimicé: la dimensión médica de lo que me estaba pasando.
Porque el cuerpo también necesita ser escuchado.
Y creo que durante mucho tiempo intenté explicarme emocionalmente algo que también necesitaba tratamiento físico.
Eso no invalida la psicología. Al contrario. Creo que integra mejor la experiencia humana.
Somos emociones, sí. Pero también sistema nervioso, inflamación, hormonas, neurotransmisores, sueño, dolor y agotamiento físico.
Y cuando una de esas partes se desregula, inevitablemente afecta las demás.
De hecho, distintas investigaciones en psiconeuroinmunología han encontrado una relación importante entre inflamación crónica y síntomas depresivos, fatiga persistente y alteraciones emocionales. Algunos autores incluso describen la depresión asociada a inflamación como una forma de “conducta de enfermedad” (sickness behavior), caracterizada por cansancio extremo, desmotivación, aislamiento y dificultad para experimentar placer.
También se ha observado que la fatiga en enfermedades autoinmunes puede ser uno de los síntomas más discapacitantes, incluso por encima del dolor físico, afectando profundamente la calidad de vida y la percepción emocional de quienes la viven.
Creo que desde ese momento aprendí a mirar mi cansancio con menos rabia y más compasión.
Porque honestamente… sí me tocó duro un tiempo.
Y quizás a muchas personas también.
Referencias
- Dantzer, R., O'Connor, J. C., Freund, G. G., Johnson, R. W., & Kelley, K. W. (2008). From inflammation to sickness and depression: when the immune system subjugates the brain. Nature Reviews Neuroscience.
- Miller, A. H., Maletic, V., & Raison, C. L. (2009). Inflammation and its discontents: the role of cytokines in the pathophysiology of major depression. Biological Psychiatry.
- Nikolaus, S., Bode, C., Taal, E., & van de Laar, M. A. F. J. (2013). Fatigue and factors related to fatigue in rheumatoid arthritis: a systematic review.
- Matcham, F., Rayner, L., Steer, S., & Hotopf, M. (2013). The prevalence of depression in rheumatoid arthritis: a systematic review and meta-analysis.
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